martes, 30 de junio de 2015

EL CANTO DEL PÁJARO. ANTHONY DE MELLO. ÍNDICE.

IGNACIO DE LOYOLA.


El místico del Siglo XVI, Ignacio de Loyola, decía de sí mismo que, en el momento de su conversión, no tuvo a nadie que le guiara, sino que el Señor en persona le instruyó como un maestro instruye a un niño. Y al final llegó a decir que, aunque fueran destruidas todas las Escrituras, él seguiría creyendo lo que las Escrituras revelan, porque el Señor se lo había revelado a él personalmente.

Cristiano:
Yo no he tenido la misma suerte que Ignacio, Señor. Por desgracia, ha habido demasiadas personas a las que he podido acudir en busca de orientación. Y ellas me han acosado con sus constantes enseñanzas, hasta que, debido al estrépito, apenas he podido escucharte a Ti, por más que me esforzara. Nunca he tenido la fortuna de tener un conocimiento de Ti de primera mano, porque ellos solían decirme: "Nosotros somos los únicos maestros que has de tener; quien nos escucha a nosotros a Él le escucha".

Pero no tengo razón para echarles la culpa o para lamentar que hayan estado presentes en los primeros años de mi vida. Es a mí a quien debo culpar. Porque no he tenido la suficiente firmeza para silenciar sus voces; ni el valor para buscar por mí mismo; ni la determinación para esperar a que Tú hablaras; ni la fe en que algún día, en algún lugar, habrías de romper tu silencio y me hablarías.

LA MUJER SAMARITANA.

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La mujer dejó en el suelo su cántaro de agua y marchó a la ciudad. Y dijo a la gente: "Venid y veréis al hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?".


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Cristiano:

¡Qué lección, la de la samaritana...!
No dio respuestas. Se limitó a hacer una pregunta y a dejar que los demás econtraran la respuesta por sí solos. Y eso que tuvo que sentir la tentación de dar la respuesta, después de haber oído de tus propios labios: "Yo soy el Mesías, el que te está hablando".

Y fueron muchos los que se hicieron discípulos tras escuchar sus palabras. Y le dijeron a la mujer: "No creemos por lo que tú has dicho, sino porque nosotros mismos le hemos oído a Él, y sabemos que Él es realmente el Salvador del mundo".

Me he contentado con saber acerca de Ti de segunda mano, Señor. De las Escrituras y de los santos; de Papas y predicadores...
Me habría gustado poderles decir a todos ellos: "No creo por lo que vosotros habéis dicho, sino porque yo mismo le he escuchado a Él".

SIMÓN PEDRO.


Un diálogo tomado del Evangelio:

"Y vosotros", preguntó Jesús, "¿quién decís que soy yo?"

Tomando la palabra Simón Pedro, respondió: "Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo".

Y Jesús le dijo: "¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos!".

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Un diálogo de nuestros días:

Jesús: "Y tú ¿quién dices que soy Yo?".

Cristiano: "Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo".

Jesús: "Muy bien respondido. Pero ¿qué pena que lo hayas aprendido de la carne y 
de la sangre y no te lo haya revelado mi Padre que está en los cielos...!".

Cristiano: "Tienes razón, Señor. He sido engañado. Alguien me dio la respuesta antes de que tu Padre de los cielos tuviera tiempo de hablar. Y me maravilla la sabiduría que demostraste al no decir nada a Simón y al dejar que tu Padre hablara primero".

"GRACIAS" Y "SÍ".


¿Qué significa amar a Dios? A Dios no se le ama del mismo mod que se ama a las personas a las que uno puede ver, oír y tocar. Porque Dios no es una persona en el sentido en que nosotros usamos esta palabra. Dios es el Desconocido. El totalmente Otro. Dios está por encima de expresiones tales como él o ella, persona o cosa.

Cuando decimos que la audiencia llena la sala y que la voz del cantante llena también la sala, estamos empleando la misma palabra para referirnos a dos realidades totalmente diferentes. Cuando decimos que amemos a Dios con todo nuestro corazón y que amamos al amigo con todo nuestro corazón, estamos también empleando las mismas palabras para expresar dos realidades totalmente diferentes. Porque la voz del cantante en realidad no llena la sala. Y no podemos amar a Dios en el sentido corriente de la palabra.

Amar a Dios con todo el corazón significa decir un "Sí" incondicional a la vida y a todo lo que la vida trae consigo. Aceptar sin reservas todo lo que Dios ha dispuesto con relación a la propia vida. Tener la actitud que tenia Jesús cuando dijo: "No se haga mi voluntad, sino la tuya". Amar a Dios con todo el corazón significa hacer propias las célebres palabras de Dag Hammarskjold:

Por todo lo que ha sido, gracias.
A todo lo que ha de ser, sí.

Esto es lo que únicamente puede darse a Dios. En este terreno Dios no tiene rival. Y comprender que en esto consiste amar a Dios significa, al mismo tiempo, comprender que amar a Dios no es obstáculo para amar incondicional, tiera y apasionadamente a los amigos.

La voz del cantante inunda la sala y sigue en posesión de la misma, prescindiendo de lo atestada de gente que la sala pueda estar. La presencia de mayor número de gente no es para ella ningún obstáculo. La única amenaza podría venir de una voz rival que pretendiera ahogarla. Dios conserva un dominio indiscutible sobre tu corazón, prescindiendo del número de personas que quepan en él. Tampoco es obstáculo para Dios la presencia de dichas personas. La única amenaza podría venir de un intento por parte de esas personas, de desvirtuar el "sí" incondicional que tú pronuncias a todos los planes que Dios pueda tener acerca de tu vida.

LA VOZ DEL CANTANTE LLENA LA SALA.


Oído a la salida de un concierto:

"¡Vaya un cantante! Su voz llenaba la sala".
"Es cierto. Varios de nosotros tuvimos que abandonar la sala para dejarle sitio".

¡Curioso! Pueden ustedes conservar sus asientos, señoras y señores; la voz del cantante llenará la sala, pero no ocúpará ningún espacio.

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Oído en una sesión de orientación espiritual:

"¿Cómo puedo amar a Dios tal como dicen las Escrituras? ¿Cómo puedo darle todo mi corazón?".

"Primero debes vaciar tu corazón de todas las cosas creadas".


¡Engañoso! No temas llenar tu corazón con las personas y las cosas que amas, porque el amor de Dios no ocupará espacio en tu corazón, del mismo modo que la voz del cantante no ocupa espacio en la sala de conciertos.

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El amor no es como una hogaza de pan. Si doy un pedazo de la hogaza, me quedará menos pan que ofrecer a los demás. El amor se parece más al pan eucarístico. Cuando lo recibo, recibo a Cristo en su totalidad. Pero no por ello recibes tú menor parte de Cristo; tú también recibes a Cristo entero; y también el otro; y el de más allá.

Puedes amar a tu madre con todo tu corazón; y a tu esposa; y a cada uno de tus hijos. Lo asombroso es que el dar todo tu corazón a una persona no te obliga a dar menos a otra. Al contrario, cada una de ellas recibe más. Porque si sólo amas a tu amigo y a nadie más, de hecho lo que le ofreces es un corazón bastante pobre. Tu amigo saldrá ganando si ofreces también tu corazón a los demás.

Y Dios saldría perdiendo si insistiera en que le entregaras tu corazón únicamente a Él. Regala tu corazón a otros: a tu familia, a tus amigos... y Dios saldrá ganando cuando le ofrezcas a Él todo tu corazón.